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El dilema del prisionero: la Generación X

La Generación X es el nombre que se nos dio a los que nacimos tras el baby-boom, más o menos desde mediados de los 60 hasta finales de los 70 incluso principios de los 80. Fuimos (y somos) la generación desconocida que nadie sabía cómo iba a terminar. Vivimos el desarrollo de los primeros ordenadores personales y los vimos entrar en nuestras casas. Fuimos testigos de la estética del videoclip en la MTV y usamos el mando a distancia para cambiar entre más de 2 canales. Nuestros padres y abuelos hablaban de Franco, pero ese señor murió cuando éramos niños, incluso muchos de nuestra generación ni siquiera habían nacido. Nos corrimos muchas juergas y despertamos a una España un poco casposa y no falta de muchos complejos que nos costaba comprender. Sacamos muchas banderas nuevas que llegaban a escandalizar a muchos: la del orgullo gay, la de Greenpeace, la de prohibido prohibir y la de la paz, especialmente cuando ETA mataba. Sufrimos el paro, la precariedad y la corrupción en los 90 y una vez más, ahora. Lloramos con Heidi, Marco y Candy Candy y nos hartamos de reír con los Gaby, Fofó, Fofito, Miliki y Milikito y, más tarde, con Martes y Trece. Empezamos a hablar otros idiomas además del castellano en el colegio: catalán, gallego, euskera, valenciano,.. y también inglés, francés, alemán,… La democracia española nos dio muchas cosas, pero lo que tenemos, mucho o poco, nos lo hemos ganado a pulso. No debemos nada a nadie (en general). En muchos medios de comunicación de los 90, aquellos a quien llamábamos “los carcas” se llevaban las manos a la cabeza cuando hablaban sobre “esta juventud” llamándonos entre otras lindezas la generación perdida o los que sólo quieren estar de fiesta.

Podría seguir describiendo a mi generación, pero la verdad es que hoy, esta generación X sostiene a este país y, sinceramente, hemos demostrado que somos muy adaptables. La tecnología es parte de nuestras vidas pero nos sigue gustando salir de fiesta, hemos demostrado nuestra responsabilidad pero intentamos no perder nunca la alegría. Sostenemos a los jubilados sin saber qué será de nosotros a su edad, mientras intentamos darle los mejor a nuestros hijos sin tampoco saber si podrán sostenernos a nosotros en el futuro.

La incertidumbre de los de nuestra generación cuando éramos veinteañeros no es muy distinta a la generación actual: altas tasas de paro, corrupción, precariedad en el empleo, masificación… Y aquí estamos (alive and kicking).

Por ello, me ha gustado mucho releer “El dilema del prisionero” firmado por Antoni Escárcega, pues retrata con unos diálogos, que no te dejan parar de leer, todas las emociones, anhelos, errores y aciertos de unos personajes de la Generación X que se buscan a sí mismos en una España de los 90 que no se encuentra. Es un libro que sorprende y con el que te das cuenta de que todo ha cambiado y, sin embargo, nada ha cambiado.

Puedes echarle un vistazo aquí.

Disfruta.